lunes, octubre 26, 2026
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Panteones de México: memoria, creencias y negocio entre tumbas

Por: Orlando Linares López

Hay un derecho que los mexicanos difícilmente mencionamos, hasta que el dolor nos obliga: el de descansar en paz.

A pesar de que las autoridades mexicanas -de los tres niveles de gobierno- tienen responsabilidades sanitarias, de regulación y deben procurar servicios funerarios accesibles y sin discriminación, acceder a un lugar donde los restos de las personas que fallecen sean tratados con dignidad, casi siempre, no es barato y pone a prueba el derecho de las familias a despedir dignamente a sus seres queridos.

En el país, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), a principios de esta década, existían cerca de cuatro mil panteones, los cuales son de carácter público (administrados por autoridades municipales), privados (sujetos a las disposiciones aplicables), comunitarios (operados por usos y costumbres de los pueblos), parroquiales (que guardan la tradición de los pueblos). Otros más se consideran históricos porque son museos al aire libre. A ellos se suman las fosas comunes, último refugio de quienes no tuvieron quién los reclamara.

Hoy la realidad de los panteones públicos y privados, se caracteriza por la saturación de espacios en zonas urbanas (que obligan a rentar fosas por temporalidades y a exhumar restos cuando la familia ya no puede pagar), recuperación de tumbas abandonadas, mantenimiento insuficiente, vandalismo, inseguridad, estrictos requisitos legales para su construcción y operación y cobros que ahondan el dolor de quienes ya cargan con el luto.

En estos días, y más el 1 y 2 de noviembre, los cementerios mexicanos dejan de ser espacios de despedida para convertirse en territorios de memoria colectiva en medio de actividad económica, patrimonio arquitectónico y encuentro cultural.

Cada Día de Muertos, miles de familias regresan a los panteones para limpiar las tumbas, colocar flores y ofrendas, encender veladoras, comer, conversar, oír música y cantar con quién yace cubierto de tierra y con el recuerdo de quienes ya no están.

Con el Día de Muertos, los panteones se transforman en un punto neurálgico, donde floristas, vendedores de alimentos, comerciantes de veladoras, marmoleros, carpinteros, albañiles, transportistas, músicos, etc., encuentran una oportunidad para obtener ingresos.

Solo por mencionar, la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio (CONCANACO) estima que, en la celebración del Día de Muertos, los panteones generarán 53 mil millones de pesos, un 7% más que en 2025.

Más allá de esa dimensión económica, los cementerios guardan tesoros que el tiempo no borra: lápidas centenarias, esculturas monumentales, mausoleos, construcciones insólitas y expresiones que revelan las creencias, aspiraciones y desigualdades de distintas generaciones. Otros, como los cementerios de comunidades indígenas, conservan rituales ancestrales que vinculan a los vivos con sus antepasados.

Y hay otra posibilidad en estos días: mirar y ser más conscientes del patrimonio social que implican los panteones. Algunas lápidas llevan siglos intactas, con nombres que el tiempo no ha podido borrar. Cada epitafio es un archivo de piedra que materializa la historia.

También, en estas fechas, muchos se convierten en escenarios de encuentro, de recorridos nocturnos, escenarios para música, teatro, leyendas y altares colectivos.

Las personas entran buscando a los suyos y salen conociendo algo más de su comunidad, porque un panteón no es solamente el destino final de una vida, es también un archivo de piedra, una galería al aire libre y un espejo de la sociedad. Visitarlos significa honrar a quienes partieron y preguntarnos qué clase de comunidad somos si no garantizamos que el descanso, la memoria y la dignidad no dependan del dinero.

Como un compromiso con los que se han ido, que estos días el brillo del comercio no nos distraiga de lo esencial: cada tumba guarda una historia que alguien lloró y que merece descansar en paz.