jueves, enero 15, 2026
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Crónica: El respiro del Lerma y la espera del próximo temporal

Crónica: El respiro del Lerma y

la espera del próximo temporal

Por : Carlos Sánchez Fernández y  Luis González 

Lerma, Estado de México. — El rumor del agua volvió a sonar tranquilo. Después de semanas de tensión, los vecinos de Lerma y San Mateo Atenco respiran con alivio al ver que el río Lerma, ese mismo que cada año amenaza con salirse de su cauce, finalmente ha bajado de nivel. La alerta roja se desactivó y el semáforo de riesgo regresó al color amarillo.

En las calles de San Pedro Tultepec, aún se perciben los rastros del reciente peligro: costales de arena apilados frente a los portones, bombas de agua que siguen zumbando para drenar los últimos encharcamientos, y un olor persistente a humedad. “Esta vez la libramos, pero cada año es lo mismo”, comenta doña Teresa, vecina de la colonia Guadalupe, mientras barre el lodo del patio. “Solo cuando ya estamos con el agua en la cintura mandan a poner costales”.

El alivio después del miedo

Durante las últimas semanas de septiembre y los primeros días de octubre, las lluvias pusieron en vilo a toda la región. El Lerma creció más de lo previsto, superando los bordos en varios tramos, y las imágenes de calles convertidas en canales circularon rápidamente en redes sociales. El temor a un nuevo desastre se sintió en el aire, sobre todo entre quienes aún recuerdan las inundaciones de 2021 y 2023.

La respuesta oficial llegó con rapidez. El Gobierno del Estado de México, en coordinación con la Conagua y los ayuntamientos de Lerma, Metepec y San Mateo Atenco, desplegó brigadas para reforzar las defensas del río. Más de 20 mil costales de arena se colocaron a contrarreloj, mientras la Comisión de Agua del Estado de México (CAEM) instalaba bombas para abatir niveles en zonas críticas.

“Logramos reducir hasta 1.5 metros de agua en algunas colonias”, explicó un técnico de la CAEM durante un recorrido nocturno. “Pero esto es solo contención, no solución. El problema es estructural”.

Un río que no olvida

El Lerma, uno de los afluentes más importantes del centro del país, arrastra algo más que agua: sedimentos, basura y años de descuido institucional. Su cauce irregular y la acumulación de residuos agravan las crecidas, que cada temporada de lluvias ponen a prueba la paciencia y el ingenio de los habitantes.

Aunque hoy el panorama luce más tranquilo —las familias han vuelto a abrir sus comercios y los niños regresaron a las escuelas—, todos saben que la calma es frágil. “Es como vivir con el enemigo al lado”, dice don Manuel, pescador jubilado de Atenco. “Cuando el Lerma se enoja, no hay costal que lo detenga”.

Las tareas pendientes

Los expertos en gestión hídrica coinciden en que el ciclo de emergencia y reparación debe romperse. Entre las medidas más urgentes destacan el desazolve regular del cauce, la construcción de diques permanentes, la instalación de sistemas de alerta temprana, y la reubicación de viviendas en zonas de riesgo.

También se habla de atacar el problema desde su origen: reforestar las cuencas altas en Michoacán y Guanajuato, donde nace el Lerma, y fortalecer la educación ambiental para evitar que la basura siga convirtiéndose en tapón mortal.

La gobernadora Delfina Gómez ha prometido continuar la coordinación interinstitucional y gestionar recursos del Fondo de Desastres Naturales, pero los vecinos insisten en que el dinero no basta. “Lo que hace falta es compromiso de todos”, reclama una joven voluntaria de Protección Civil mientras acomoda costales sobrantes. “El Lerma no se va a limpiar solo”.

Entre la esperanza y la costumbre

Por ahora, los días vuelven a transcurrir con una aparente normalidad. Las panaderías reabrieron, los camiones de basura circulan y los vecinos se saludan con una sonrisa de alivio. Pero bajo esa calma, persiste una certeza compartida: el río duerme, no descansa.

Cada año, Lerma y San Mateo Atenco aprenden a convivir con la incertidumbre. El descenso del nivel del agua es un respiro, no una victoria. Como una tregua que todos saben temporal, mientras esperan que esta vez —quizás— las promesas no se las lleve la corriente.